No, este no es un artículo sobre la epidemia de obesidad. El motivo es otro, un trabajo publicado en la revista   PLOS ONE, titulado “Adaptive Evolution of the FADS Gene Cluster within África“, o lo que es lo mismo “Evolución adaptativa del cluster de genes FADS en Africa”.

Me ha llamado la atención porque es un trabajo muy elegante que busca una explicación a la expansión del género Homo Sapiens desde África hacia el resto del mundo, hace unos 40.000 años. Para dar una respuesta, los autores abordaron un análisis genético en distintos grupos étnicos. La genética se ha convertido en una herramienta indispensable junto con el registro arqueológico, para analizar los movimientos migratorios de poblaciones. Algunos autores incluso han aglutinado junto a estas dos ramas de la ciencia, a la linguística (una muy buena lectura, amena y divulgativa, es el libro de Luigi-Lucca Cavalli Sforza titulado “Genes, pueblos y lenguas“).

Los lípidos (grasas) son indispensables para el buen funcionamiento y desarrollo del sistema nervioso. De hecho, las grasas constituyen un 60% del peso seco del cerebro, con un alto contenido en ácidos grasos poliinsaturados de cadena larga (LC-PUFA). Entre estos lípidos se encuentran el ácido docosahexanoico (DHA), y el ácido araquidónico (AA).

Se ha considerado que la ingesta de este tipo de ácidos grasos en la dieta fue fundamental para el desarrollo del cerebro durante la evolución, de igual forma que son fundamentales para el desarrollo del sistema nervioso en el feto y durante los primeros años de vida. Sin embargo, este tipo de grasas no son muy abundantes en los alimentos, siendo la principal fuente en la dieta el pescado.

Los seres humanos tenemos la capacidad de sintetizar en el cuerpo este tipo de lípidos, a partir de otros más cortos (ácidos grasos de cadena media, o MC-PUFA), principalmente de origen vegetal. Sin embargo, el rendimiento de esta conversión es muy bajo. En concreto, somos capaces de obtener ácido araquidónico a partir del ácido linoléico ó LA (familia de los omega-6) y ácido docosahexanoico a partir de ácido alfa-linolénico ó ALA (familia de los omega-3).

Es por ello que la hipótesis que se plantea es que las poblaciones primitivas de Homo Sapiens que vivían en África, lo hacían en zonas cercanas al mar o lagos, de forma que pudieran obtener una ingesta suficiente de los ácidos grasos necesarios para el desarrollo y función de un cerebro cada vez mayor.

El metabolismo de la síntesis de ácidos grasos en el organismo es conocido, y consiste en una serie de pasos, llevados a cabo por las enzimas de tipo elongasa (las que prolongan la longitud de las cadenas de lípidos, añadiendo átomos de carbono) y las desaturasas (oxidan los enlaces carbono-carbono creando insaturaciones). Pues bien, la actividad de estas enzimas (en concreto las desaturasas), está controlada en parte por la variación en el citado conjunto de genes denominado FADS.

Esquema de la síntesis de ácidos grasos de cadena larga
Figura 1: Esquema del metabolismo de los ácidos grasos. Tomado del artículo: doi:10.1371/journal.pone.0044926.g001

Los autores habían observado diferencias en la expresión de estos genes, entre población americana de origen europeo y africano. Por ello abordaron el estudio evolutivo de estos genes, para averiguar cuando se produjo esa diferenciación, con 1092 individuos de 14 poblaciones diferentes.

Se encontró que efectivamente en la población africana, los genes relacionados con un mayor rendimiento en la conversión de ácidos grasos de cadena media a cadena larga, aparecían con una mayor frecuencia, estadísticamente significativa.

Teniendo en cuenta el número de mutaciones, los autores pudieron determinar que la selección de este tipo de genes relacionados con la síntesis de ácidos grasos, tuvo lugar entre hace unos 85.000 años. Esta mutación, permitió a ciertas poblaciones alejarse de las fuentes nutricionales de ácidos grasos esenciales, para así poder expandirse, primero en África y luego a Europa y América.

El registro arqueológico muestra que la caza mayor era común hace unos 50.000 años, y los primeros anzuelos, arpones y flechas datan de hace unos 15.000 años, facilitando fuentes más ricas de ácidos grasos esenciales, a través de pescado, carne y huevos. La mutación permitió una primera expansión dentro de África, y el desarrollo de la caza y pesca, la expansión fuera del continente.

Cabe preguntarse por qué entonces, las poblaciones de origen no africano no mantienen una frecuencia tan elevada de los genes que les permitieron expandirse, mientras que los de origen africano los mantienen. Los autores indican que la abundancia en la dieta de estos ácidos grasos, hizo que el coste metabólico de mantener la conversión fuera en contra de una selección positiva de esta característica, lo que hizo reducirse su presencia. Probablemente la mutación a un metabolismo más eficiente en la conversión de ácidos grasos de origen vegetal, pudo llevar asociado un cambio cognitivo que facilitó el desarrollo de la caza y la pesca, y con ello, la expansión a otros ecosistemas.

Remko Kuipers, un investigador holandés en el área de la medicina y nutrición evolutiva, que ha trabajado con el profesor Frits Muskiet,  publicó recientemente un artículo en el que describe con gran detalle la nutrición paleolítica y los datos que los registros arqueológicos han facilitado, en relación con las poblaciones africanas y el tipo de dieta que seguían. En este trabajo da numerosos argumentos a favor de un ecosistema costero o fluvial, frente al desarrollo de nuestros ancestros en la sabana árida.

Creo que ahora si que cobra sentido el título de esta entrada. Las grasas son muy importantes, y este es otro argumento más que las debe alejar del pedestal de la lipofobia que se ha erigido en las últimas décadas.