El cancer de piel, incluido el melanoma, es bien conocido por el público, especialmente su relación con la radiación ultravioleta. La formación de dímeros de timina, que causan el entrecruzamiento de dos cadenas de ADN es uno de los mecanismos que pueden desencadenar un cáncer de piel, de no ser reparado correctamente.

Por otro lado, la radiación ultravioleta actúa en la piel como inmunosupesor, de forma que no se reduce la capacidad del sistema inmune para destruir las células cancerosas. Los UV afectan al refuerzo de la inmunidad específica mediada por células (o Cell Mediated Immunity, CMI).

En modelos de ratones a los que se inyectaba células cancerosas de tumores muy antigénicos (tumores muy fácilmente reconocidos por el sistema inmune), cuando los animales estaban expuestos a radiación UV de forma crónica, los tumores progresaban y no eran rechazados. Se ha observado también una mayor incidencia de cáncer de piel en pacientes transplantados bajo terapia inmunosupresora.

Se ha observado en estudios epidemiológicos que los ácidos grasos omega-3 (EPA y DHA) actuan modulando y reduciendo la inmunosupresión en la piel producida por los rayos UV.

Con estos antecedentes, se ha desarrollado un ensayo clínico en humanos [1], en el que han participado 79 sujetos, asignados bien a un grupo de control, bien a un grupo con una suplementación de 4g al día de ácidos grasos omega-3 (70%EPA, 10%DHA). Tras un periodo de 12 semanas, se llevaron acabo estudios de inmunosupresión, usando nickel como agente provocador de la respuesta inmune tras la irradiación con UV de los sujetos.

Los investigadores encontraron que efectivamente la radiación UV producía inmunosupresión, un 43% respecto al nivel basal, con la dosis más elevada de radiación. También encontraron que los omega-3 tienen un efecto protector frente a la inmunosupresión, que fue un 50% menor en los sujetos del grupo de intervención, a una dosis de radiación equivalente a 15 minutos en un día soleado en Inglaterra. En el caso del nivel máximo de radiación (aproximadamente equivalente a media hora de insolación) no se observó apenas efecto beneficioso de los omega-3. No se conoce la relación dosis-respuesta en este caso, por lo que tal vez niveles más elevados de estos ácidos grasos podrían proteger a estos niveles de irradiación.

Los autores indican que sería necesario ampliar este estudios para verificar sus resultados y sortear algunas de sus limitaciones. Es otro punto a favor de los omega-3 (PUFA/DHA, que como sabemos se encuentran en abundancia en algunos alimentos de origen animal, especialmente pescados, y no omega-3 de origen vegetal, como el ALA) y que los autores indican puede complementar, especialmente en época estival, la protección frente al daño por radiación UV de las cremas solares, que protegen contra el eritema, pero no contra la inmunosupresión causada por los rayos solares, ya que esta tiene lugar a dosis muy bajas.

Me gustaría saber si hay datos epidemiológicos de la incidencia de cáncer de piel en poblaciones costeras, con una alta ingesta de EPA/DHA en la dieta, frente a otras poblaciones cercanas y con un consumo menor de estos ácidos grasos. Sabemos que existen muchas poblaciones costeras en zonas tropicales o sub-tropicales que subsisten del mar, y que exponen buena parte de su cuerpo durante gran parte del año a la intensa radiación solar en estas zonas. He hecho una búsqueda rápida en la bibliografía, pero no he encontrado pistas sobre esto.